La iglesia azul – Santa Isabel de Hungría en Bratislava

Esas fueron las palabras de Luis Eduardo Aute, anoche, nada más subirse al escenario. También se felicitó al encontrarse por primera vez en la Plaza de las Veletas. Aquel sitio es el punto más alto del Conjunto Histórico, donde los almohades levantaron alcazaba y mezquita, y desde la que el cantante en ese momento podía contemplar, más allá del público, el horizonte occidental aún resplandeciendo tenue en la silueta nocturna conformada por espadañas, almenas y tejados.

Hará unos veinte años pudimos verle en Sevilla, tocando a orillas del Guadalquivir, en una especie de acto electoral de Izquierda Unida. Como anoche, hacía calor y el lugar, la escasa luz, y la ya dilatada biografía de Aute, facilitaban al artista una atmósfera propicia para desencadenar sentimientos y emociones. A pesar de hallarse en el corazón de un recinto intramuros con muy pocas viviendas habitadas, víctima la ‘parte antigua’ de cierta gentrificación institucional y hostelera, el evento de ayer estaba precedido de las sempiternas quejas por el ruido.

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Llegamos a la plaza mucho antes porque uno de nuestros acompañantes quería escuchar a Lapido (estupendo grupo granadino, como pude comprobar al rato). Mientras nos proveíamos de medios para hidratarnos en una de las barras, los andaluces actuaban ante un todavía escaso número de personas. Me fijé en una pareja de ancianos que atravesaba a duras penas el empedrado sin prestar atención a los músicos, como molestos por encontrarse con aquello de camino a casa, el gesto de él especialmente hosco en apariencia. Al ir tomando posiciones en primera fila, vi a mi amigo Manolo, solo, inmóvil y agarrado a una maceta de cerveza. Nos saludamos con un abrazo y regresamos a nuestras posiciones. Luego Lapido fue seduciéndome poco a poco, hasta el punto de hacerme mover las caderas en una suerte de torpe baile mecánico. Tras tres o cuatro temas, y apurado el líquido elemento, me volví hacia Manolo. Él seguía solo pero, lejos de permanecer quieto, en algún momento de la velada había iniciado una imparable danza frenética, sin rastro ya de su compañera la maceta de cerveza. Lapido se despide y, mientras reciben un aplauso no más que correcto, Manolo es el único en gritar ‘¡otra… otra!’, sin ser correspondido. A continuación proyectan el ‘Giraluna‘, esotérico cortometraje de Aute, y me inquieto con los estragos de la senilidad. Pero esa inquietud, brevemente reforzada al verle subir a la tarima, renqueante y desgarbado, se disuelve por la música de su voz; su voz de siempre. De manera que las interferencias en mi particular éxtasis llegan de otros agentes, como por ejemplo el energúmeno que a mi lado bracea y nos grita la letra de todas las canciones, mientras manosea con fruición a una mujer oronda y risueña. Durante buena parte del concierto recibo ora un codazo del desaforado, ora un golpe con el palo de ‘selfies’ de la fémina. Uno de nuestros acompañantes se burla de mi situación y me propone cantar a coro con el desaforado. Yo le miento que no me sé las letras. Finalmente el trance se resuelve reculando unos pasos, separándome a su vez de mi grupo. Ahora, a lo Manolo, me vuelven las sirenas ‘autianas’ y el gozo me embarga. Miro alrededor: junto al puntiagudo perfil de San Mateo brillan imponentes Venus y Júpiter (dato éste que debo a otro de nuestros acompañantes). Para colmo de perfección, desde mi nueva posición descubro al anciano de antes, entregado como yo al concierto, con su paciente mujer al lado. Rejuvenecido, canta y baila apasionadamente; me deleito con el giro sublime de mis prejuicios.

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